Revisión bibliográfica
Actualizado: 7 oct

En nuestra revisión bibliográfica hemos explorado la producción documental del CERLALC. Entre los documentos consultados encontramos Necesarios, prioritarios, inaplazables. Temas clave para orientar las políticas y planes nacionales de lectura, escritura y oralidad en Iberoamérica (2025); el Comunicado de Río de Janeiro de 2025: Nuevos escenarios para nuevas políticas de la cultura escrita y oral; y el Estudio regional de políticas públicas y planes nacionales de lectura, escritura, oralidad y libro en Iberoamérica (2026), entre otros.
Particularmente, en el contexto nacional encontramos tres documentos que nos permiten comprender el proceso de incursión de la oralidad en las políticas públicas de lectura y escritura. El primero es el CONPES 4068, de 2021, en el que se presenta la Política Nacional de Lectura, Escritura, Oralidad y Bibliotecas (LEOB). Los otros dos son Fundamentos de la Política Nacional de Lectura, Escritura, Oralidad y Bibliotecas, publicado en 2022, y el Plan Nacional de Lectura, Escritura, Oralidad y Bibliotecas 2026-2031, publicado hace dos meses.
De todos los documentos consultados, el más revelador —y coherente con su naturaleza— en cuanto a compromiso, rigurosidad, contenido y alcance es el CONPES.
Así que consideramos que, por encima de los estudios, compromisos y desarrollos conceptuales y procedimentales revisados, el CONPES 4068 de la República de Colombia es el documento más claro y avanzado en cuanto a lo que puede ser una política de lectura, escritura y oralidad en nuestro contexto.
El primer párrafo del CONPES 4068 es claro en cuanto a la concepción de oralidad que se está planteando, al diferenciar entre cultura oral y cultura escrita:
“La apropiación de la cultura oral y escrita y las múltiples prácticas de la lectura; la escritura, y la oralidad, son consideradas factores clave para el desarrollo integral de los individuos desde etapas tempranas de la vida hasta la edad adulta”.
Esta diferenciación entre cultura oral y cultura escrita permite establecer una ruta de acción desde dos líneas diferenciadas. Sin embargo, en el marco conceptual se aclara que, para la concepción de oralidad en la política que se propone, se han adoptado enfoques que la sitúan como parte del acceso a la cultura escrita, en la que se ubican las prácticas del lenguaje en la experiencia sociocultural, citando como referentes a Liliana Tolchinsky y Judith Kalman, y aclarando que se deja atrás la dicotomía entre oralidad y escritura como indicadora de un proceso evolutivo en el aprendizaje formal, planteada por Walter J. Ong.
Esta aclaración conceptual logra exponer de manera honesta algo que, hasta el momento, ninguna otra publicación ha logrado mostrar con tanta claridad: aceptar que la oralidad, en el ecosistema del libro, o en el ecosistema de la lectura y la escritura es entendida desde una evolución de los procesos alfabetizadores y en función de la lectoescritura, al tiempo que ubica teóricamente su raíz conceptual al atreverse a nombrar a los autores que sustentan dicha perspectiva.
Por otra parte, el documento hace referencia a mediciones realizadas mediante una consulta pública del Ministerio de Educación Nacional a niñas, niños, adolescentes y jóvenes del país. En ella se encuentra que solo el 22,6 % de los estudiantes considera que está en capacidad de argumentar oralmente sus ideas y únicamente el 21,2 % considera que puede expresarse libremente de manera oral.
Así, la Política Nacional de Lectura, Escritura, Oralidad y Bibliotecas se fundamenta en:
“El insuficiente desarrollo de las capacidades en lectura, escritura y oralidad por parte de niñas, niños, adolescentes y jóvenes, así como de la comunidad educativa en general, siendo una de las principales barreras para garantizar el desarrollo integral de la población colombiana”.
El CONPES hace un recuento del paso a paso de la política nacional de lectura, escritura y oralidad a partir del año 1968; analiza el contexto nacional a partir de investigaciones y sondeos, y establece un plan de acción a partir de cuatro líneas estratégicas, así como un proceso de seguimiento.
El segundo documento que nos parece de mucha relevancia es Fundamentos para la Política Nacional de Lectura, Escritura, Oralidad y Bibliotecas, publicado posteriormente al CONPES y cuya autora principal es Adriana Serrano Carrasco. Se trata de un documento elaborado entre el Ministerio de Educación Nacional y el Centro Regional para el Fomento del Libro en América Latina y el Caribe, CERLALC-UNESCO.
Este documento, también riguroso en cuanto a antecedentes, diagnóstico y propuesta, tiene un ingrediente adicional que nos llama profundamente la atención: en las tablas de resultados de una encuesta sobre preferencias de lectura, escritura, oralidad y uso de bibliotecas escolares aplicada a niños, niñas, adolescentes y jóvenes estudiantes de todo el país, se pone en escena a unos actores relevantes para nuestro enfoque investigativo, los narradores orales o cuenteros.

Según la tabla (p,122), a la pregunta: ¿qué tipo de actividades relacionadas con hablar y escuchar, te gustaría que se realizaran en tu colegio?, el 58.8% de los encuestados respondieron: escuchar a narradores orales o cuenteros.
El tercer documento al que queremos referirnos en este primer análisis del rastreo bibliográfico es el Plan Nacional de Lectura, Escritura, Oralidad y Bibliotecas 2026-2031.
La primera impresión que tenemos —y en esto queremos que el lector entienda que es una lectura rápida y algo superficial— es que existe una discontinuidad o una falta de unidad entre el CONPES 4068, Fundamentos para la Política Nacional de Lectura, Escritura, Oralidad y Bibliotecas y el nuevo Plan Nacional de Lectura, Escritura, Oralidad y Bibliotecas.
Como decíamos anteriormente, tendremos que profundizar. Sin embargo, dos de los temas que más nos interesan en nuestra investigación —el papel del narrador oral y el concepto que se utiliza sobre oralidad— generan preocupación.
El término "narrador oral" o "cuentero" ni siquiera aparece en todo el documento. Se ha introducido el término "oralitura" como un genérico en el que suponemos -porque no hay desarrollo conceptual- se hace referencia al arte oral. En cuanto al concepto de oralidad, vemos la intención de abarcarla, así como de describirla y de reivindicarla, pero, a su vez, pareciera que no se puntualiza epistemológicamente o se concreta. Por ejemplo en la siguiente cita:
“Además, reconocemos la oralidad como una expresión que permite a las comunidades crear (dimensión creativa), no desde la individualidad y desde su circunstancia particular, sino desde la construcción de nuevos sentidos desde lo ancestral. Es decir, permite crear con la tradición, con el pasado y con quienes nos han precedido en la palabra” (p,80).
El párrafo habla del reconocimiento de la dimensión creativa de la oralidad y también se refiere a la tradición y sin embargo, en el ecosistema LEOB no se nombra por ningún lado a los artistas de la oralidad y específicamente, como decíamos anteriormente, a los narradores orales, sino que se pinta una idea de creación per se, de un arte que existe sin artista. Lo que se objetiva al ver los componentes del ecosistema en el que los términos más cercanos a narrador oral son: cultores de la oralidad, oralitores, promotores y mediadores de lectura, escritura y oralidad.
Así que posiblemente estemos ante una forma de conceptualizar en donde se abarca todo, pero a la vez se difumina, y por esto creemos que este Plan Nacional de Lectura, Escritura y Oralidad, corre el riesgo de desentonar la línea de la Política Nacional de Lectura, Escritura y Oralidad en la que el concepto era más claro y se nombraba al narrador oral.
No queremos juzgar todo un plan nacional LEO porque no aparece el narrador oral asociado al fomento de la oralidad o a la promoción de la lectura, pero recordamos que esta investigación, tiene en mucho ese enfoque particular. Tampoco esperamos que de un día para otro la creación oral sea equiparada a la creación literaria, pero queremos anotar que en el 2022 -cuatro años atrás- por lo menos se tenía claro que a las personas les gusta mucho escuchar a los narradores orales y/o cuenteros.

Es como si el cuadro que vimos en los Fundamentos para una política nacional de lectura, escritura y oralidad, en el que veíamos las respuestas de niñas, niños y adolescentes sobre aquello que más les gustaba de la oralidad —y donde aparecían los narradores orales y cuenteros— y publicado en 2022, no tuviera correspondencia con la manera en que estos agentes son nombrados posteriormente dentro del ecosistema publicado en 2026.
Sin embargo, este texto que publicamos, es apenas una reflexión que queremos compartir. Quien quiera corroborarlo debería hacerlo y, de paso, contarnos qué piensa sobre el tema. Porque, como hemos contado, estamos en la mitad de una investigación sobre un proceso que ni siquiera hemos abordado todavía: el PCLEO de Medellín.
¿Qué papel juega el PCLEO de Medellín en este contexto?

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